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viernes, 15 de marzo de 2013

De Cuentos del bosque

Cuentos del Bosque


-Sería bueno que esto fuera territorio de pájaros -dijo el cóndor.
-Pero cuando viene el cazador se convierte en tierra de nadie -dijo, con pena, Evaristo.
El cóndor se quedó un rato en la ronda, ala con ala. El ruido de su corazón retumbaba como los pasos de alguien perdido en la tormenta. Estaba quieto y callado como si no fuera el pájaro más grande del mundo, como si no supiera atravesar los cielos inmóviles de la cordillera, como si fuera un pequeño pájaro capaz de comer semillas en la mano de un niño. Después los miró como hermano a uno por uno, saludó y se fue.
Lo vieron subir hasta la cima del aire y sintieron miedo por él. Que la mira del cazador no lo alcanzara, que le respetaran la libertar de planear con la negra medialuna de sus alas, que pudiera sin peligro buscar el Oeste y perderse rumbo a la montaña.


María Cristina Ramos
Ilustraciones Marcela Calderón

jueves, 14 de marzo de 2013

Cuentos del bosque






Evaristo tocaba el acordeón. Vivía entre las ramas más altas del aguaribay en un refugio de hojas sedosas, entre libros de piratas y almohadones de pluma. Una vez cada tres días salía a tomar sol. Entonces se ponía sus anteojos oscuros, sombrero de ala ancha, ahuecaba el plumaje y levantaba la nariz como un valiente. 
De a poco y con mucho entrenamiento, se había vuelto capaz de soportar la luz del día metiéndosele hasta los huesos. Estaba contento de haber aprendido a soportar el azote del sol hasta tres minutos seguidos, sin caer achicharrado y sin chistar. Esto le había acarreado el respeto de sus conocidos, habitantes de la noche, y el temor del bicherío que ni aún de día podía estar a salvo de su vigilancia.



María Cristina Ramos
Marcela Calderón
Editorial Ruedamares.